La visualización de una carcasa roja en el teléfono móvil de un alto dignatario sudafricano es una entelequia que me tiene desvelada, puesto que sigo negando el poderoso influjo que despliega sobre mis sentidos las tormentas en el cabo. Rojo, color atomizado en los tiempos que exhalo. El miedo a su poder sobre mujeres y hombres no decae. Caen presidentes, caen héroes, caen verdugos, caen buenos, caen malos, pero las oscuras fuerzas conscientes de su influjo nos siguen imponiendo miedos, inseguridades, verdades absolutas que acaban perpetuándose intocables a lo largo del tiempo y el espacio. La ideología monetaria impuesta por el consenso de Washington se resiste a alzar el vuelo de estas tierras rojizas y secas de ilusiones. Un teléfono rojo me cautiva. Peter Sellers habría dudado contestar en ese móvil de última generación, a pesar del magnetismo de su color. Quién es ése, perturbador de mis fantasías coloristas, merecedor del móvil rojo. El recién estrenado superministro del nuevo gabinete de Jacob Zuma, Trevor Manuel, responsable durante los últimos años de la política económica y financiera del denostado Thabo Mbeki, el otro. Un suave ejercicio de memoria desvela quién es y fue. No hace mucho tiempo fue un lacayo de Mbeki, y hace menos es el supervisor de la ortodoxa aplicación de las políticas neoliberales impuestas por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial en Sudáfrica: estabilidad monetaria y control de la inflación. Traducido a intereses altos para todos y restricciones presupuestarias para el estado. En el parlamento sudafricano, a Manuel le gusta dejarse ver enfundado de un teléfono rojo a conjunto con el escaño que ostenta gracias al nuevo presidente de la república de Sudáfrica.
El Sellers sudafricano ha alcanzado la cumbre sin perder su sonrisa y lasciva mirada al otro lado de unos anteojos. Desde su nueva posición dentro de la administración de Zuma, Manuel está jugando a ser el malabarista de los rojos datos económicos que saltan, cual pulgas chupasangre, de la chistera de su cartera ministerial. La recesión en el país está profundizándose a marchas forzadas, los sindicatos y el partido comunista, aliados del gobierno, amenazan, exigen un cambio en la política financiera. Pero a quién, al mismo que apoyaron, y vendieron como la esperanza roja del ANC a sus bases a la izquierda del ANC, pongamos que hablo de Jacob Zuma. No ha pasado ni dos meses y los datos han aniquilado las promesas electorales. En un lugar donde, en lo que va de año, se ha destruido cerca de 500 000 empleos, supongamos que 500 000 personas y sus respectivas familias no tendrán ningún tipo de entrada de dinero en sus hogares; la inflación no quiere separarse de su pareja, y ronda el 10%. Fríos datos. Y las aguas gélidas corren por los corredores del poder. El nuevo gobierno sudafricano ha presentado sus presupuestos para los próximos seis meses en la casa del pueblo. Más educación, más sanidad gratuita, más trabajadores públicos, más carreteras, más agua, más luz, más viviendas protegidas, todo ello será posible a un irrisorio aumento del déficit público al esperado del 3%, es decir el déficit de Sudáfrica para el 2009 será del 7% (respecto al 4% del estimado en el 2008). En otro rincón del parlamento, el ministro de finanzas comunica que la destrucción de negocios en el país, la caída en las explotaciones de minas de oro, platino…, y productos manufacturados, va a ser muy importante. ¡Importante! como se distorsionan los significados. La reducción de ingresos del estado sudafricano es igual a más dependencia en prestamistas internacionales como el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial. La cosa pinta mal, muy mal para el 40% de la población que sobreviven, que no viven. Denostado color rojo, denostados desempleados sin subsidios, denostado endeudamiento público.
Pero pongámonos manos a la obra. Europa y Norteamérica están inmersos en cálculos aritméticos para no sobrepasar el techo de cristal deficitario que provocaría una prolongada agonía económica. Los ricos países andan alrededor del 13% de déficit público. ¡Sorpresa!. Vilipendiado en tiempos cercanos, hoy el señor déficit es aclamado en las cancillerías europeas y norteamericanas, ha vuelto como única fórmula rápida y eficiente para proteger a sus ciudadanos de las tempestades que arrecian. Ello los que poseen gastan. Poseen los ingresos impositivos de las multinacionales, sanguijuelas en tierras al sur; poseen un colchón sólido de ciudadanos consumidores que no ceden a su dicha de ser la diana impositiva de los impuestos indirectos; poseen un ejercito de trabajadores que a pesar del pinchazo, sigue siendo cuantitativamente suficientemente para aportar su granito de arena a la recaudación de las finanzas estatales. Pero esos inmensos recursos monetarios no son suficientes en los países del G20, y comparten con Sudáfrica la necesidad estatal de endeudarse, y hasta las trancas.
Sudáfrica tiene multinacionales, AngloAmerican y Goldfield son merecedoras de ese nombre, pero no son suficientes. Sudáfrica tiene una cartera de consumidores, por necesidad que no por placer, pero no es suficiente. Sudáfrica tiene un contingente de trabajadores precarios, pero no es suficiente, y la fuerza de la gravedad se los está tragando. Sudáfrica no tiene la libertad para endeudarse por necesidad, sólo a colorear las estadísticas de color rojo. Jacob Zuma no tiene la solución y no quiere perder amigos. Trevor Manuel es su salvoconducto para seguir siendo bienvenido al otro lado del estrecho de Gibraltar. Las esperanzas en Zuma han sido pulverizadas un lunes negro. En un acto de redención, sindicatos y comunistas han estado exigiendo la cabeza del jefe de la política monetaria, el gobernador de la reserva federal sudafricana (nuestro director del Banco Central Europeo), cabeza de turco de los males económicos del país por imponer las restricciones crediticias y presupuestarias al estado. Ya conocemos a su reemplazo, una mujer grande, muy grande perteneciente al ANC y con una carrera en la banca. Gill Marcus será la nueva cabeza de turco, ningún cambio será presentado en la política monetaria sudafricana a pesar de amenazas sindicales y comunistas estridentes y de cara a la galería. Mientras el dinero esté en manos negras de organismos internacionales los ciudadanos sudafricanos deberán seguir rezando. La virgen de Fátima no quiere abandonar Sudáfrica. Pero sí el Foro Económico Mundial para África quien desde Davos ha dicho adiós a Ciudad del Cabo junto su comparsa de presidentes, ministros, directores generales de multinacionales, y otros rara avis,… pero eso es otra historia
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