Archivos para Octubre 2008

Una heroína en Ciudad del Cabo

El azote del viento en el Cabo deja una estela de tragedias invisibles. Me gusta pasear sobre el asfalto, me reconforta patear entre edificios y me sugestiona el imprevisible cruce de miradas de extraños que dejan de serlo en mi cuarto de modelaje de historias corrientes. Ando, ando, ando pues respiro. Elegí cuidadosamente el barrio donde residir que me permitiera ese placer convertido en necesidad. Hasta el día de la tragedia mi barrio en Ciudad del Cabo era mi preciada joyita robada a esta ciudad. Cerca de los exquisitos edificios de tradición afrikáner, junto a los jardines que acompañan a la casa del pueblo y los museos de la ciudad, se descubre una corta pero serpenteante calle que alberga mi edificio de pisitos. Vivir en el centro pero lejos del complejo nervioso que da vida a la ciudad significa que debes compartir tu espacio público con una legión de vagabundos que cimientan las ciudades del tercer mundo, donde la pobreza y la riqueza encuentra una intersección. El vecindario dentro de mi bloque de pisitos no entiende el significado de la cordialidad de unos buenos días o unas buenas tardes, el vecindario fuera de mi bloque de pisitos sí, quizás reflejo de un efecto psicótico para dignificarse a sí mismos a través de la identificación territorial de nuestro barrio. Son mis vecinos elegidos, son ellos los que me hacen sentir que estoy en casa. Cuando salgo por las mañanas son a los que doy los buenos días, los que al volver a casa saludo con un hola, y si los diviso a lo lejos alzo el brazo en reconocimiento a nuestra misma dirección postal. Cuando pasan los días y alguno desaparece me pregunto que habrá sido de él o de ella, robándome más de una sonrisa de mi boca cuando me reencuentro con ellos de nuevo. Olvido siempre, quizás como mi mecanismo de protección a la deshumanización en esta país, que van armados con cuchillos caseros, armas improvisadas de consecuencias mortíferas. Pero la tragedia está avizor para cazarte desprevenida. Las parejas entre vagabundos no son raras y mi vecindario no es una excepción. Aquí los vagabundos se mueven en grupo y descansan en grupo. Manadas de animales heridos sin rumbo fijo delimitados territorialmente. Ser mujer entre la manada te convierte en la escogida para protagonizar sus tragedias sudafricanas. Una se habitúa a oír los gritos de ayuda sin esperar respuesta de las mujeres que comparten maritalmente su vida al otro lado de mi ventana. Las mujeres siempre van acompañadas por un hombre, un paso más atrás como en todas las esferas de la sociedad sudafricana. Las palizas son frecuentes y las demostraciones amorosas son las menos. Pero nunca dejan de estar el uno con el otro. Siempre he experimentado una repulsión estomacal hacia cualquier acto de violencia física y me revuelve las tripas visualizar a esas mujeres contorsionando sus débiles cuerpos para encajar la tanda de hostias. Hay que habituarse. Sus caras se han convertido en familiares para mí. Unas caras que he visto desfigurarse cada día paliza a paliza. Las reconozco llorando, las reconozco con las caras ensangrentadas, las reconozco sonriendo, las reconozco chillando. La tragedia también las reconoce como sus preferidas. El invierno en el cabo se está alargando más de costumbre, una costumbre de 50 años, y su portavoz, el que habla por todos, es el jodido viento. Golpea fuerte, golpea con una fuerza que parece avisarnos de que su cabreo va en aumento, condicionando un rápido desenlace de la tragedia. La última representación en el teatro de mi vecindario la he presenciado desde la platea. Rutinariamente salgo a desayunar temprano todos los sábados y como de costumbre me he cruzado con las familiares caras, uno de esos matrimonios de la calle eran increpados por un afrikáner que habita dentro de una de las casitas unifamiliares de mi barrio, un “por qué coño habéis tocado el timbre”, provocaba la replica de improperios de difícil traducción de mi matrimonio vecino, sin ralentizar mi paso he vuelto a mi pisito. La barbaridad cotidiana es de fácil digestión. Dos horas más tarde he vuelto a tomar la calle para dirigirme a mi próxima toma, pero esta vez la rutina se ha roto con el corte de mi paso por un coche de policía. “Hace dos horas que ha pasado”, ¿Qué ha pasado?, pregunto a uno de mis vecinos con derecho a cuartos interiores, “dos de nuestros vagabundos se han acuchillado, uno le ha metido cinco puñaladas al otro, y se ha levantado con toda la cara cortada y se ha ido”. ¡Nuestros¡ el sentimiento de propiedad está muy presente en la psiquis de la ciudad. No me ha extrañado las recriminaciones a la policía por llegar dos horas tarde es parte de lo habitual en este país. Quién de los nuestros habrá sido, tras un “muy triste” como despedida me alejo de mi vecino. Si se ha levantado y largado por su propio pie no debe ser muy grave y hay un hospital a 12 metros de aquí. Pero la tragedia no deja escapar una oportunidad. Tras dar unos pocos pasos, me sorprendo pisando unas manchas de sangre que trato de evitar, pero como si fuera parte del repertorio de personajes del guión escrito por un cínico, al poco me topo con dos cuerpos de un hombre y de una mujer. ¡Joder pandilla de bestias están aquí, tirados en el suelo¡. A pesar de la sangre en la cara reconozco sin problemas a la parte masculina del matrimonio vecino y a su vera la dulce figura de mi vecina, la de chillido agudo. Los dos cuerpos están en posición fetal, uno enfrente del otro, como en otras tantas veces les he observado durmiendo, uno junto a otro sobre mi dirección postal, pero esta vez hay dos hombres uniformados a sus pies hablando por el teléfono. La escena es extraña, rallando el surrealismo, dos cuerpos en el suelo junto a una gasolinera rodeada de casas unifamiliares, tiendas, lugar de paso, con una fluida circulación de coches, y nadie cerca de los dos cuerpos, salvo los dos policías recién llegados. Quizás son cuerpos apestados por algún virus que no consigo identificar. No sé por qué me viene a la mente las palabras del afrikáner echándolos de su portal dos horas atrás. Joder quién coño ha hecho esto, “se han acuchillado entre ellos”. No puede ser, no puede ser real, es demasiado teatral, es demasiado trágico, y el mundo no es una tragedia teatral, o sí. Una samanta palos del nazi afrikáner es más digestible para mí que un trágico desenlace de violencia de género, reconozco el porche donde todo se ha originado dos horas antes al otro lado de la calle. Algo extraño en la cara de mi vecina me ha reconfortado en esta mierda de historia, por primera vez he visto su cara sin desfiguramiento, he podido ver las serenas facciones de una joven de no más de 20 años. Mientras la cara del macho cabrio era todo deformación y sangre. Quizás un acto de justicia final ha permitido a mi heroína devolver la furia inflingida hasta el final de sus días por el amo y verdugo con el que compartía mi dirección postal. La escena final refleja la realidad en la que viven la mayor parte de la población femenina de este país y los que no tienen nada en una sociedad ahogada en el vómito del materialismo. La escena describe la Sudáfrica de hoy fuera de las postales de ballenas y tigres: dos cuerpos heridos mortalmente en el suelo abandonados durante dos horas a 10 metros de un hospital, ante la presencia de dos indiferentes policías y una manada de ciudadanos deshumanizados. Un trágico final para una heroína sin nombre de las calles de Ciudad del Cabo. Mi vecina. ¿A alguien le importa? el asaltante ya está en la calle, bueno eso es otra historia… vídeo en busca y captura del asaltante liberado: http://www.under-media.com/Beggars.mp4

Ejecución pública del César Thabo Mbeki

El golpe de estado de la ejecutiva del ANC al presidente de la república me ha lanzado cual torpedo a las profundidades de la caverna de las sombras. Unos ojos cristalinos rotos y una voz fluyendo entre el temblor y la firme sequedad sonora me ha hecho dudar, será verdad lo que sus adversarios airean por los corrillos de poder: el emperador sudafricano caído es un hombre maquiavélico, un oscuro ser de movimientos serpentinos. Me resistía a creer eso de él. Él estaba destinado a regentar uno de los rincones de este santuario de almas perdidas. Me cuesta creer que una vida en sacrificio a una causa, una vida construida por otros que no por él fuera barrida sin pestañear de los anales de los héroes del movimiento de liberalización sudafricano. Una vida a cambio de una causa, un partido, el ANC. Qué extraño en estos días. Thabo Mbeki no conoce el significado de descubrirse en la adolescencia, de abandonarlo todo por un amor de verano, ni el dolor de reconstruirse trocito a trocito tras una caída sin paracaídas por el terraplén. Thabo no eligió la vida que el partido tenía destinada para él. Nacer en una familia de activistas políticos, con un padre miembro clave del partido comunista, y una madre devota a su marido, predestinó la vida de un niño nacido en una sagrada familia. Una planificación al detalle de una trayectoria vital. Thabo Mbeki fue arrancado del núcleo familiar, exiliado en la adolescencia, y adoctrinado e instruido para servir al partido. Sus estudios, sus lugares de residencia, su mujer fueron cuidadosamente seleccionados por otros que no por él. Y el final ha sido la última representación en su vida pública impuesta por el partido, el césar ha sido ejecutado en la plaza pública, el parlamento. Los cuchillos ejecutores penetraron sin dificultades en unas carnes flácidas por el cansancio de la penitencia recorrida. Varios han sido los Brutos y Brutas, diputados y diputadas, que empuñaron el cuchillo de la traición por una causa mayor, la supervivencia del partido de la mano de su nuevo emperador Jacob Zuma. Me pregunto cuánta dosis de cinismo debe ser necesario para sobrevivir a una traición como la presente tras la ofrenda de una vida a los caprichosos dioses del Olimpo. La representación de la tragedia sudafricana no desmerece a los maestros griegos y romanos, mis ojos sucumbieron a las torrenciales aguas. No he dejado de darle vueltas al sentido o al sin sentido de dar una vida en sacrificio a algo tan inmaterial y voluble como un movimiento de liberalización. No he dejado de preguntarme estos días cuándo Thabo Mbeki sucumbió a las hermosas sonatas del poder susurradas al oído, armonías para ser escuchadas solamente por el elegido. Cuándo olvidó que a un mesías le sigue otro mesías. Cuándo olvidó que los dioses del Olimpo nunca desaprovechan una oportunidad para mostrar su naturaleza implacablemente caprichosa. Aquellos que serán alzados como nuevos mesías que tomen nota de esta última representación. El rey en el trono lo pone el partido y el partido lo quita. Dudas, quién debe regentar el poder de poner o quitar a reyes y reinas, los votantes, los partidos, los dioses,…. No puedo quitarme de la cabeza al César que olvidó quién le aupó al poder, que se negó a escuchar, que se creyó el elegido para convertir a Roma en un nuevo fastuoso Olimpo, y terminó traicionado en la casa de los patricios, asesinado por y para la República. En el 2008 el ANC ha escrito una nuevo capítulo, que no el último, de los anales de los Césares. Qué extraña familia ésta, sin adscripción ideológica pero que va de la mano de marxistas-leninistas, donde uno se tropieza con oportunistas miembros enriquecidos a la sombra del estado gracias a políticas económicas, marca consenso de Washington, diseñadas por Thabo Mbeki; con reconocidos miembros feministas que van de la mano de tradicionalistas defensores de la poligamia y la prueba de la virginidad,… Ese extraño baturrillo de colores y músicas tiene un nuevo césar zulú, Jacob Zuma.  Mientras es preparada la llegada del nuevo mesías al trono un gris funcionario del partido cuidará de los asuntos de estado. Sigo sin discernir cuál fue la imperdonable traición de Thabo Mbeki a los dioses; y sigo sin entender por qué Jacob Zuma buscaba mi mirada entre los corredores de la casa pública, estará buscando aumentar su harén de seis esposas a siete con una española no inscrita en el califato de Córdoba. Los caprichos de los dioses del Olimpo son…, no esa es otra historia.

 

 


Al Jazeera reporter

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